El momento de la economía creativa

Imagen realizada por Paula

En el año 1991 el gasto calculado en Estados Unidos en bienes industriales, maquinaria para la agricultura, maquinaria extractiva para la minería, construcción, manufacturas, transporte, producción energética, etc., fue por primera vez superado por el gasto en tecnologías de la información y la comunicación, ordenadores, servidores, impresoras, programas informáticos, teléfonos y dispositivos móviles, etc. El gasto estimado en bienes y servicios propios de la sociedad del conocimiento excedió en 5000 millones de $ al gasto en bienes industriales (112000 frente a 107000 millones de $). Ese año, aunque solamente fuera por su dimensión cuantitativa, por la evidencia que arrojan las cifras de gasto y, por tanto, por los usos, prácticas y preferencias de la población, podría ser el año 0 de la economía creativa, el momento histórico a partir del cual se constata que el gasto en bienes y servicios destinados a crear, manipular, gestionar y compartir bytes de información, fue superior a los de la economía industrial.

Esa comprobación cuantitativa escondía una carga de profundidad trascendente: la transición de una economía fabril e industrial, basada en la producción de bienes de consumo, a una economía basada en el conocimiento y la información, en la concepción y generación creativa de servicios. Esa verificación contable ponía de manifiesto que la tradicional cadena de valor industrial (basada en la extracción de materias primas, su manufactura y ensamblaje, el márketing y la distribución de los productos fabricados) se estaba transformando, irreversiblemente, en una nueva secuencia en la que la materia prima fundamental serían los datos convertidos en información y conocimiento, en conocimiento experto, en promoción y servicios adecuados a las necesidades expresadas por los usuarios.

No quiere decir eso que la producción industrial y la transformación de materias primas y todo el trabajo mecánico aparejado vaya a desaparecer: más bien se ha trasladado a aquellos territorios donde la mano de obra barata garantiza su continuidad. En las economías occidentales, sin embargo, prepondera un nuevo modelo basado ya no tanto en la inversión intensiva en trabajo maquinal sino en el uso creativo del conocimiento para el diseño de nuevos y más valiosos servicios. Es una realidad tangible y sencillamente verificable que en los próximos años se necesitarán personas, millones quizás de personas (1,8 millones solamente en el Reino Unido, según constata el estudio The creative economy and the furute of employment[1]), capaces de utilizar creativamente sus conocimientos en situaciones novedosas e inesperadas en los ámbitos de las artes, el espectáculo y el entretenimiento, la investigación y otros ámbitos técnicos y profesionales, la información y la comunicación, la gobernanza y las administraciones públicas, etc.

La primera pregunta que cabría plantearse parece obvia: ¿de qué manera y mediante qué mecanismos podemos formar y educar a personas capaces de enfrentarse resolutiva y creativamente a problemas desconocidos, a situaciones inusitadas, en contextos a menudo multiculturales, dentro de un ecosistema de la información fuertemente digital e interconectado? ¿de qué forma pueden fomentarse y desarrollarse las competencias y habilidades necesarias para resolver creativa y colaborativamente los problemas a los que deberemos enfrentarnos, de qué manera convertir los errores en fuentes insustituibles de aprendizaje, cómo aligerar y abaratar los procesos de innovación cuando necesitamos poner a prueba las soluciones que hemos inventado, de qué manera, en fin, inculcar un sentido firme de la responsabilidad que nos haga asumir que aprender es un verbo activo que se extiende a lo largo de toda la vida?

Alvin Toffler, el autor que vislumbró parte de lo que nos sucedería en El shock del futuro[2], dejó escrito que los analfabetos del siglo XXI no serían aquellos que no supieran leer o escribir sino aquellos que no supieran aprender, desaprender y reaprender, algo que hoy resulta evidente y que choca con una educación basada en la suposición de que el conocimiento es finito y dado de una vez para siempre y con una organización del trabajo en la que se presupone que ocuparemos un solo puesto a lo largo de nuestra vida laboral para el que será suficiente ese conocimiento limitado.

La economía creativa conlleva un cambio educativo, cultural y organizativo de grandes proporciones porque pone a prueba todas las categorías y principios sobre los que se basaba la economía, la cultura y la educación tradicionales. El reto es formidable, pero también lo son los beneficios que puedan derivarse de su puesta en marcha: en el informe Creative economy report[3], publicado en el año 2013, la UNESCO reconocía que:

 

La economía creativa se ha convertido en una poderosa fuerza transformadora en el mundo contemporáneo. Su potencial para fomentar el desarrollo es vasto y no ha sido todavía puesto a prueba. Es uno de los sectores de más rápido crecimiento en la economía mundial, no solamente en términos de generación de ingresos sino, también, de generación de puestos de trabajo y de beneficios derivados de la exportación. Pero esto no es todo lo que hay que hacer. Una proporción mucho más grande de los recursos intelectuales y creativos mundiales está siendo invertida en las industrias basadas en la cultura, una industria cuyos rendimientos, esencialmente intangibles, son tan reales y sustantivos como los del resto de las industrias. La creatividad y la innovación humanas, tanto a nivel individual como colectivo, son las claves operativas de estas industrias, y se han convertido en la verdadera riqueza de las naciones en el siglo XXI. Indirectamente, la cultura apuntala de manera creciente las maneras en que la gente, en todas partes, entiende el mundo, percibe su lugar en él, afirma sus derechos humanos y promueve relaciones productivas con los demás.

 

De acuerdo con el informe emitido por la UNESCO,

 

Promover el potencial de la economía creativa implica promover la creatividad de toda la sociedad, afirmando la identidad distintiva de los lugares y los clusters en los que florece […] En otras palabras, la economía creativa es la fuente, metafóricamente hablando, de una nueva “economía de la creatividad”, cuyos beneficios van más allá del ámbito meramente económico.

La idea de que existe una sola y exclusiva clase creativa, promovida por Richard Florida, de que la idea de creación y creatividad puede constreñirse a una sola clase, nómada y cualificada, captada por las grandes corporaciones alrededor del mundo, es una perversión de la idea de creatividad y, también, una devaluación de la realidad, de lo que realmente está ocurriendo.

En el mismo año 2013 el NESTA, el organismo más importante del Reino Unido dedicado a la innovación, publicó, también un documento titulado A manifesto for the creative economy[4]. En su prefacio, entre otras cosas, hablaba de La nueva revolución industrial:

 

La rápida difusión de las tecnologías de la información y la comunicación, sobre todo Internet, está transformando las modernas sociedades y sus economías, poniendo en riesgo alguno de los negocios creativos ya establecidos como la prensa, y generando una disrupción masiva en otros tales como la industria de la música. Mientras tanto, los grandes operadores digitales norteamericanos, basados en la distribución o los dispositivos, son los ganadores: Google, Facebook, Amazon y Apple.

En estas circunstancias, que son las mismas para el Reino Unido que para España o cualquier otro país, es necesario abordar una ingente tarea de transformación que pasa, entre otras muchas cosas, por la reconceptualización de la economía, el rediseño de los procesos de trabajo y sus cadenas de valor, la adquisición de nuevas competencias y habilidades adecuadas al nuevo entorno, la búsqueda de nuevos métodos de financiación y sostenibilidad, el fomento de la cooperación público-privada, etc.