La economía ya no será nunca lo que fue

Por Joaquín Rodríguez (Teamlabs)

Atiendan un instante a los datos, vale la pena: el grupo de trabajo sobre cambio climático del The World Bank, una de esas instituciones en absoluto sospechosa de plantear ninguna duda sobre nuestro modelo productivo, viene advirtiendo desde hace tiempo que el objetivo de no superar el calentamiento global en más de 2 grados centígrados ha sido ya duplicado, alcanzando los 4º C. La Agencia Internacional de la Energía (IEA), un organismo internacional nada propenso a las alharacas ni al estrépito, valoraba como muy conservadora la estimación del Banco Mundial, habida cuenta que su estimación alcanza los 6º C, “con implicaciones catastróficas para todos nosotros”, según reza el World Energy Outlook. El 24 de noviembre de 2011, el economista jefe de esa misma agencia, Fatih Birol, declaraba que “si a partir de 2017 no se da el comienzo de una gran ola de nuevas y limpias inversiones, la puerta de los 2 grados estará cerrada", para siempre. Esta misma idea es la que exponían los economistas de una de las más reputadas y comedidas empresas de consultoría del mundo, PWC, en su informe Too late for two degrees? Low carbon economy index 2012: “ha llegado el momento de prepararse para un mundo más caliente“, puede leerse en el texto. “Cuando las horas decisivas han pasado, es inútil correr para alcanzarlas", redactan con el punto de melancolía que añade lo insoslayable.

En The vulnerability monitor 2010. The state of the climate crisis, un estudio presentado en la cumbre del clima de Cancún por los países miembros del Climate vulnerable forum, podemos leer que cerca de diez millones de personas morirán anualmente a partir del año 2030 como consecuencia directa del cambio climático y el ascenso de las temperaturas; que antes de que esa fecha llegue, en los próximos diez años, morirán en torno a cinco millones de personas como consecuencia directa de las mismas razones denunciadas por una mayoría incuestionable de la comunidad científica; que de esas 350.000 muertes anuales, el 80% se producirá entre los niños que habitan en África y el continente subasiático; que el 99% de todas las muertes predecibles sucederán en países en vías de desarrollo; que en torno a 10 millones de personas vivirán en condiciones depauperadas y drásticas por los efectos de la desertificación. Algo que corrobora de manera fehaciente las cartografías públicas difundidas en la web por Earthtrends, que avisan con antelación de las zonas de stress hídrico grave donde la falta de agua conducirá a la migración, al conflicto por su usufructo o a ambos; que las pérdidas financieras inmediatas generadas por el cambio climático serán de 150.000 billones de dólares; que al menos 170 países, quizás más, son altamente vulnerables a los efectos del cambio climático y padecerán una u otra forma de escasez o catástrofe; que más de la mitad de las pérdidas financieras directamente atribuibles al impacto del cambio climático se producirán en los países industrializados.

Al mismo tiempo, por si no llegáramos a sentirnos lo suficientemente concernidos, el informe The Emissions Gap Report, publicado por la United Nations Environment Programme, nos enfrenta a la evidencia de que, aunque a día de hoy se llegara a un compromiso global para limitar estrictamente las emisiones de CO2 y metano, invirtiendo de manera sistemática en un Green New Deal Global, seguiríamos emitiendo a la atmósfera 5000 millones de toneladas más de lo necesario para limitar el aumento de la temperatura a un máximo de 2º C. Ese aumento de temperatura, que se presume por tanto superior —del orden de 3º ó 4º C—, representará un punto de retorno irreversible que podría llevar al planeta a la extinción de la especie. Y esto no es lo mejor: la Royal Society británica, con ocasión del encuentro, ha publicado un estudio en el que demuestra que en los próximos 50 años la temperatura subirá 4º C y que eso representará un reto insalvable a los límites de la adaptación humana y de los ecosistemas naturales.

Podría seguir acumulando datos espeluznantes sobre lo que toda la comunidad científica, incluso económica, viene advirtiendo desde hace ya muchos años, pero vayamos a los posibles remedios: en Assesing dangerous climate change, un artículo de James Hansen publicado en PLOS One, nos previene de que la única manera de eludir ese aparente destino fatal consistiría en disminuir las emisiones globales a un rapidísimo ritmo de un 6% anual, durante los próximos cuatro decenios. No es de esa opinión Kevin Anderson, que en la célebre revista Philoshopical Transactions de la Royal Society, en su artículo Beyond ‘dangerous’ climate change: emission scenarios for a new world, sitúa esa reducción necesaria en un 8-10% anual a partir del año 2013. Algo que conllevaría una reducción en el consumo per capita valorado en un 66-80% anual, de acuerdo con las estimaciones del International Resource Panel de las Naciones Unidas.

En vista, sin embargo, de que el nivel de emisiones global ha aumentado en un 57% desde que se firmó la convención de las Naciones Unidas sobre el Clima en 1992, de acuerdo con las estimaciones del Carbon Dioxide Information Analysis Center, no parece que la tendencia al decrecimiento y al replanteamiento de nuestro modelo económico y productivo sea la principal de nuestras preocupaciones. Pero, ¿cómo podríamos aspirar a restablecer cierto equilibrio si nuestro mito fundacional sigue siendo el de que podemos (y debemos) crecer de manera ilimitada basándonos en la extracción sin restricciones de los recursos naturales y en la promoción de un modo de vida basado en el consumo ilimitable y la dilapidación? Difícilmente, sin duda, porque la crisis climática suele representarse como un mero problema técnicamente resoluble regulado por las normas del mercado, aun cuando de lo que se trate, en realidad, es de una crisis "alimentada por el exceso de consumo, por las elevadas emisiones de la agricultura industrial, por la cultura del automóvil, por un sistema comercial que insiste en que las distancias geográficas no tienen importancia", como nos recuerda Naomi Klein.

De lo que se trata, en el fondo, es de la ineludible y perentoria necesidad de cambiar nuestro modo de vivir, de trabajar, de comer y comprar, de transformar nuestras vidas de manera radical. Aunque nos empeñemos y sigamos presumiendo que los negocios pueden seguir haciéndose como siempre, lo cierto es que eso no es verdad. Como escribe Alastair McIntosh en Hell and high water: climate change, hope and human condition, "por mi experiencia, la mayoría de las agencias internacionales –las facultades de económicas y empresariales, las escuelas de negocios, las administraciones públicas, valdría decir- contra el cambio climático ha adoptado la postura de que "ese es un terreno que no podemos pisar“ cuando se les habla de cualquier iniciativa política dirigida a rebajar el consumismo". Aun cuando se practique una forma de optimismo desentendido e inconsciente, lo que se oculta, en el fondo, es un "hondo pesimismo, que nos mantiene ocupados en tareas absolutamente desencaminadas. Es un modo de evadirse de la realidad y, al mismo tiempo, de la necesidad de valorar a fondo la condición humana para buscar allí las raíces de nuestra esperanza".

La economía ya no será nunca lo que fue, forzosa o voluntariamente, aunque en demasiadas ocasiones nos mantengamos ocupados en proyectos y tareas absolutamente desencaminadas. Si en algo debiera emplearse la economía creativa, desde luego, sería en concebir y desarrollar nuevas y radicales propuestas de vida, vivienda y consumo.