Lozano, Lafuente y Del amor se acercan al concepto del ‘reset’ para “nombrar la magia de que todo vuelva a su curso”

 

El CEO y cofundador de Teamlabs, Félix Lozano, ha participado en el diseño de las jornadas ‘Reset’ dentro del evento Pública 2020, dedicado a la gestión cultural y en el que tienen lugar encuentros entre profesionales del ámbito de la cultura. En concreto, Lozano ha ejercido de ‘reseteador’ en esta jornada, mientas que el conocido periodista cultural de TVE, Carlos del Amor, ha ejercido de moderador; y, el investigador y científico del CSIC, Antonio Lafuente, de relator.

 

En un texto conjunto, los tres hablan sobre la importancia del respeto de las máquinas confiando en que repetir el camino andado recompondrá los desperfectos y dejará atrás las disfunciones. Es normal, lo sabemos, que las cosas dejen de funcionar por errores de diseño, usos inesperados, accidentes inevitables, obsolescencia programada, deserción del usuario o incluso por azar.

 

Quienes sabemos nada de cómo funcionan las cosas, aprendimos que cuando no marchan deben ser apagadas y reencendidas. Y, milagro, es un truco contrastado. Resetear, reiniciar o reemprender son palabras que usamos para nombrar la magia de que todo vuelva a su curso.

 

Apagar una organización o una vida no es un gesto comparable ni siquiera recomendable.

Tampoco sabemos cómo resetear el clima o la biodiversidad, ni cómo reiniciar Cataluña o el Tribunal Supremo. Allí donde hay humanos las cosas son muy complejas. No es que sea fácil entender lo que ocurre en un computador cuando lo enciendes, sino que todo sucede según un protocolo claramente definido y que puede ser modificado. No hay una tecla, un manual de instrucciones, un protocolo contrastado que sirva para resetear humanos u organizaciones humanas.

 

Ni siquiera tenemos claro que su existencia fuera deseable. Cuando una persona, jurídica o humana, típica o atípica, funcional o disfuncional, deja de operar, estamos ante un problema que reclama conocimientos, imaginación, cuidados, audacia, tino y temple. Pero si preguntamos qué significa cada una de esas palabras nos meteríamos en una discusión tan estéril como interminable. No es que desconozcamos la existencia de la aspirina, la auditoría, las vacaciones, la música o la novela, junto a las otras herramientas de sanación que hemos inventado. Las conocemos, y por eso también entendemos un poco sus limitaciones. No hay manual y, sin embargo, no podemos estarnos quietos. Inventamos cosas, vamos y venimos, erramos y atinamos, hacemos y deshacemos. Y vuelta a empezar.

 

¿La suerte nos sacó del pozo?

 

A veces acertamos, vemos que funciona y tiramos para adelante. No es un eureka, sino un uf. ¡Qué suerte! ¿Suerte? ¿De verdad fue la suerte lo que nos sacó del pozo? No vamos a discutir aquí lo importantes que son esos coqueteos con la diosa fortuna. Pero no es suficiente. Hay aprendizajes que extraer si nos esforzamos un poco. Hemos aprendido mucho de las fuckup nights, y seguro que también tenemos mucho que descubrir de estas reset jam que os proponemos.

 

Y a eso vamos. Nuestra reset jam tiene por objetivo entender mejor qué es eso de resetear(se) y lo haremos de la mano de cinco experiencias admirables. La logística se explica fácil: en la mesa nos sentamos tres personas ansiosas de aprender: una, se ocupa de que el lenguaje utilizado sea amable y nos ayude a entendernos antes que a separarnos: su función es impedir la formación de un afuera donde arrojar a los que no saben o, en otras palabras, facilitar una conversación entre todos; la segunda se ocupa de trabajar los cómo y busca ante todo los detalles concretos, prácticos, ordinarios y, en fin, todo eso que tiende a ser invisible y a no entrar en las conversaciones importantes: su actitud es la propia de un maker, alguien que lidia con las chapuzas, el cacharreo y el bricoleur.

 

 

 

A la tercera le hemos atribuido el trabajo de escudriñar en los conceptos que se usan para explicar lo que sucede y mostrar la distancia entre el hacer y el narrar, entre manipular y palabrear. Son tres modos distintos de construir sentido y que no queremos confundir: pensar con las manos, pensar entre todxs y pensar con conceptos.

 

 

El primero lo hace desde las cosas y nuestra interacción con ellas; el segundo lo hace a partir de la interacción entre personas; y el tercero lo hace enfocándose en la interacción con las instituciones (las del saber, las del acreditar, las del financiar,…).

 

Nuestro menú, como todos, se hace a base de materialidades, relacionalidades y subjetivaciones: cosas, gentes, roles.

 

Todos experimentaron la angustia de extraviarse, arruinarse o desvanecerse. Son gentes como nosotros. Nosotros somos ellos. Escucharlos, atenderlos y entenderlos es una forma de cuidarlos y también de cuidarnos. Nadie sabe lo que va a pasar aquí. Nadie sabe cómo acertó a resetearse y si el proceso ha terminado ya. No sabemos si resetearse es un evento que sucedió o un proceso que nunca termina. Y por eso estamos aquí, porque no sabemos y queremos saber.

 

No sabemos si resetearse es algo que nos vuelve funcionales como le ocurre a las máquinas o si, por el contrario, es algo que nos hace especiales. No sabemos si un reseteo nos devuelve a la normalidad o nos instala en la singularidad. No sabemos si resetear es una habilidad de ingenieros o una práctica para artistas. No sabemos si lo más importante al resetear es hay que conocer bien el código que regula el funcionamiento de las organizaciones, lo que implicaría estar en condiciones de abrirlo, visualizarlo y toquetearlo si es necesario.

 

No sabemos si, por el contrario, resetear tiene más que ver con movilizar lo tácito, lo afectivo, lo invisible, lo inaudito, eso que no figura en ningún organigrama porque es incodificable y, en consecuencia, reclama menos las habilidades de un ingeniero o un gestor que las de un poeta o un payaso. No sabemos, en fin, cómo resetearnos y, lo peor, ni siquiera sabemos cómo hablar en público de nuestras vulnerabilidades y convertirlas en la argamasa con la que crecer juntos.

 

Así que aquí estamos expectantes, juguetones y alertados, pues se dice que la curiosidad mató al gato. Pero sabemos que en el dicho inglés original no figuraba la palabra curiosity, pues la expresión era “care killed the cat”, lo que significaba que, a veces, son las precauciones excesivas o el miedo a los accidentes, los errores o el azar, las que nos condenan y nos llevan a la enfermedad.

 

Nuestra propuesta, entonces, contiene una invitación que no está exenta de riesgos y que esperamos sea una cornucopia de hallazgos.